jueves, 11 de febrero de 2016

Sueños en migajas

En “Clásica y Moderna” Las Pastillas del Abuelo se jactan de que una mínima experiencia en aquel lugar es suficiente como para componer una canción. Cuánta razón.

Conocí el emblemático bar una noche de un día de semana de febrero. Iba a ver un show de cantantes del under pop, con la intención de redactar una nota más o menos digna. No estaba preparada para darme cuenta que el espectáculo principal era lo de menos.

Estaba sola en un salón lleno de gente de buen humor. Sola. Hasta ese entonces, eso era algo muy poco grato esto de pasar un par de horas en un bar sin otra compañía más que mi propio ser y un cuadernito para escribir. Ahora también, pero no es para tanto. Pero en ese momento, el cliché del borracho en un bar era mi espejo y mi inconsciente. La realidad es que no había nada depresivo a mi alrededor como para poder meterme en ese mambo, así que para qué iba a forzarlo.

La mesa, ubicada en el medio del salón, y yo simulando hablar por celular, contando los minutos para que las luces se apagaran y poder pasar desapercibida. A pesar de estar tan atenta con los mínimos gestos del resto,  no llegué a ver al mozo que se acercó. Algo tímido -o incómodo de mi incomodidad-  me consulta si tenía problema en compartir mi mesa.

El lugar era chico y había bastante gente, pero aún así no se justificaba esa pregunta. Habían más sillas disponibles y, especialmente, gente que aparentaba a estar mucho más dispuesta a hablar que yo. No podía decir que no frente a tanta amabilidad y consideración. Tampoco se me ocurrió una excusa válida lo suficientemente rápido, para qué mentir. 

No tuve ni tiempo de fantasear quén se sentaría conmigo porque de la nada apareció esta mujer de 80 y pico de años, que ya corría la silla para sentarse enfrente mío.

Nos presentamos mutuamente. Podía verse que era una señora que había pasado por un exceso de vida interesante y que ya poco le importaba la opinión ajena o lo ridículamente protocolar. Sin titubear un segundo pidió un trago (algo con whisky era) y empezó a comer las tostadas de la panera, una tras otra. No escuchaba bien, contestaba mis preguntas sin mucha coherencia y repetía sus oraciones cada dos minutos. De tantas tostaditas y panes sin líquido, se atragantó y empezó a toser. 

Mis peores pensamientos pasaron por mi cabeza. Esos mismos que estás pensando. Luego de escupir algo en la servilleta se recompuso inmediatamente. Pero su hambre no cesó y, como si nada hubiera ocurrido, continuó consumiendo. Apenas vino su trago se pidió su cena. Y otro trago. 

Las ensaladas de hojas verdes no son la elección número uno en un bar. Para esta dama con aires rockeros era un dato irrelevante. Al primer bocado, una hoja de lechuga se adhirió a su cara, a la altura de la pera, y no se movió de ahí durante media hora. Traté de hacerle gestos inútiles con la servilleta pero no hubo caso.

Ya había pasado una hora sentada y el show no arrancaba. Sacaron los platos, ya solo había una copita de lemoncello. La señora me preguntó dónde vivía una vez más y me mencionó que su casa estaba a la vuelta del bar. Casi como que quería que supiera ese dato. Lo terminé de entender unos minutos después, cuando empezó a cerrar los ojos. Las primeras tres veces que cabeceó se disculpó pero, superada la vergüenza, se relajó.

Simplemente se echó para atrás, bajó su cara y durmió. Se inclinaba levemente hacia el costado, mientras yo pensaba que si llegaba a caerse de la silla, seguramente quebraría sus huesos chiquitos. Moví la mesa que nos separaba un par de veces para poder acomodarla, así en el aire y de forma casual, de vuelta en su silla a su posición original.

Un par de intentos hasta que lo terminé entendiendo. Ella mujer me había mostrado la magia de que todo realmente te chupe un huevo. El show arrancó, ella dormida, yo con mi tercera cerveza. Eramos la viva imagen de una posible abuela durmiendo y su nieta tomando mientras pasaba la noche.  

Esta señora fue para mí en ese entonces una auténtica -remate obvio- clásica y moderna.  


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